ahorro tributario


El Estado despilfarra nuestros impuestos

Por Almudena Quintana


 
El Estado dilapida sin escrúpulos el dinero que recauda entre los contribuyentes.
Los gobernantes dilapidan el dinero que recaudan por la fuerza. La mejor forma de impedirlo es esconderles la mayor parte del dinero ganado.

En todo el mundo el gasto público está desbordado, si bien en algunos países, y especialmente en algunos de los más desarrollados, las cifras llegan a ser escandalosas. Los políticos, subjetivos intérpretes de la voluntad de sus gobernados, meten la mano en los bolsillos de éstos y se quedan un buen pellizco de lo que encuentran, a veces más de la mitad. Después se dedican a jugar a ser Dios y dilapidan inmensas fortunas de la manera que les dicta su particular visión del interés general.

En la mayoría de los países los bebés nacen económicamente lastrados por deudas millonarias contraídas irresponsablemente por los políticos de la generación de sus padres y abuelos. Del cuerno de la abundancia que es la recaudación por la vía coactiva de los impuestos, los Estados sacan fortunas inabarcables que después arrojan a los pozos sin fondo de las empresas públicas deficitarias, los servicios públicos de cuarta y el empleo de millones de funcionarios prescindibles. Pero, antes, de esos fondos salen también enormes sumas que van a parar a partidas presupuestarias secretas para que el Estado emprenda acciones inconfesables, desde el espionaje hasta la guerra sucia contraterrorista o el soborno a gobiernos extranjeros. Y, naturalmente, mucho de nuestro dinero va a parar a las manos corruptas de cientos de políticos y altos funcionarios que en la economía real jamás habrían hecho fortuna. Con todo, lo peor es el inmenso poder que estas fortunas confieren al aparato estatal.


Almudena Quintana es historiadora.
© Agencia digital Opinionpress.
Artículo activado el día 11 October 2005




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