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Contrabando, ¿contra quién?

Por Almudena Quintana


 
El contrabandista trae las mercancías a su precio real, evitando el ilegítimo arancel con el que el Estado pretende gravarlas simplemente por venir del extranjero.
Los Estados se esfuerzan en presentar el contrabando como un crimen terrible. En realidad, los contrabandistas no perjudican a nadie y traen los productos a su precio verdadero. En todo caso, Internet está acabando con los aranceles.

Un derecho humano más, y bien importante. Así debería considerarse el intercambio libre de bienes y servicios, haya o no fronteras de por medio. Hace unos días iba por la calle y vi a una anciana que había instalado una mesita plegable y vendía cajetillas de tabaco carentes del sello habitual de la Hacienda pública. Los vendía más baratos porque habían sido comprados en el extranjero y no habían pasado por la aduana. Considerar a esta señora como delincuente o al menos como cómplice de un crimen es la respuesta del Estado a quienes entienden el comercio como una actividad libre. Para mí esta adorable viejecita es una heroína. Al consumidor le trae el producto que desea y se lo vende incrementado solamente en su margen comercial. Y a la causa de la libertad individual le hace un favor al no colaborar al saqueo arancelario por parte del Estado.

Cuando viajo desde un país con pocos o nulos impuestos hacia un país “normal” me inspeccionan el equipaje y restringen la cantidad o el valor de los productos que puedo llevar, ya sean para mí o para otros, ya piense consumirlos o venderlos. ¿Con qué derecho? Vulnerar esas restricciones es uno de mis hobbies. Confieso que cada vez que voy a viajar a un paraíso fiscal o puerto franco lo comunico con tiempo a todos mis amigos y familiares, y que me encanta cumplir sus encargos: traerle una cámara fotográfica a un compañero de trabajo, unos perfumes a mi vecina o varias botellas de whisky al conserje. Ahora que se está limitando tanto la venta de productos libres de impuestos en los aeropuertos, mis viajes son una de las pocas oportunidades que estas personas tienen de adquirir esos productos a su precio real.

El contrabandista es un comerciante insumiso que compra donde quiere y vende donde le quieran comprar. No hace daño a nadie, pero el Estado le persigue y le insulta. “Los contrabandistas son los piratas modernos”, me dijo una vez un aduanero. Nada más lejos de la realidad: el pirata expropia violentamente a la gente, mientras el contrabandista se limita a ejecutar la legítima transferencia voluntaria de la propiedad de su proveedor a su cliente sin permitir que un tercero, el Estado, irrumpa en el acto y exija llevarse un porcentaje por el mero hecho de que el producto comerciado pasa por una frontera. Incumplir las disposiciones estatales sobre aranceles es dinamitar el inmoral proteccionismo que sólo favorece a cuatro empresarios amigos del gobierno.

Los consumidores ya pueden comprar en Internet muchos productos que en la tienda cuestan más porque han sido gravados con un arancel. ¿Cómo piensa el gobierno controlar paquete por paquete todo el correo para gravar estos productos? No puede. Así, desaparecerán los aranceles. Es un triunfo de la libertad frente al estatalismo, pero no deja de darme una cierta lástima, porque perderemos también la figura romántica del contrabandista que arriesgaba su libertad y hasta su vida por traernos las cosas a su precio real. La anciana del puesto de tabacos representa en carne propia el fin de una era.

Almudena Quintana es historiadora.
© Agencia digital Opinionpress.
Artículo activado el día 11 October 2005




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