ahorro tributario


Los impuestos de Pavlov

Por Mónica Linares


 
Como los perros del famoso experimento, los contribuyentes actuamos bajo el condicionamiento de un estímulo externo: los impuestos
Como los perros del famoso experimento de Pavlov, los ciudadanos de casi todo el planeta estamos hoy sometidos a una terrible manipulación. En vez de la corriente eléctrica se emplea con nosotros la fiscalidad. Por la vía de los tributos se nos obliga amablemente a actuar de una u otra manera, en función de los intereses de quienes regentan el Estado.

Casi todo el planeta vive (malvive) bajo un sistema de altísimos impuestos. Este sistema se caracteriza por tasas de entre el quince y el setenta por ciento sobre los salarios y los beneficios empresariales, tasas de varias veces el cien por ciento sobre los hidrocarburos, IVA de más del diez por ciento sobre millones de productos, persistencia de los impuestos “a la muerte” que hacen inheredables los negocios y algunos bienes inmuebles, y una presión fiscal que alcanza cifras brutales en algunos países escandinavos, pero que incluso en los países menos contaminados por la socialdemocracia llega a ser insoportable.

Muchos liberales repudian este sistema por el lastre que representa para la economía individual y colectiva. Sin embargo, hay otro factor aún peor en la ecuación fiscal del mundo de hoy. Ese factor es el uso de la fiscalidad como medio para inducir comportamientos en la sociedad. Nosotros, los ciudadanos, nos hemos convertido en los nuevos perros de Pavlov. En lugar de la electricidad, el Estado-Pavlov utiliza los impuestos como medio de condicionar nuestros reflejos.

El ministro de Economía (¿cómo puede alguien hacerse llamar “ministro” de la Economía, a estas alturas?) decide qué quiere que consumamos y qué otros productos no deben ser consumidos. Decide que debemos tomar menos vacaciones o comprar una segunda casa, o usar más el teléfono o la electricidad, o rechazar los productos fabricados más allá de esa línea artificial llamada “frontera”, o leer más o ir menos al cine o comprar menos tabaco o alcohol o ver más teatro... Decide si debemos tener más hijos o si por el contrario debemos frenar la procreación. Y así, en un sinfín de cuestiones, el Gran Hermano orwelliano, convertido en ingeniero social, moldea a su capricho la sociedad.

Luego solamente tiene que aplicar su herramienta coercitiva, la fiscalidad, para conseguir que los pobres perros actuemos como se nos dice. Miles de exenciones, gravámenes especiales, rebajas fiscales y otros cinceles legislativos moldearán la escultura social. Igual que las ovejas pasan en grupo por los corredores de madera trazados para llevarlas al redil, los contribuyentes actuamos en nuestra vida cotidiana (sin darnos cuenta) de la forma diseñada en los oscuros despachos del poder político. Se manipula nuestra conducta para adaptarla a los intereses de quienes regentan el Estado, y sólo con mucho dinero podemos permitirnos el incumplimiento sistemático de las pautas de conducta marcadas por los ingenieros sociales. Nuestra libertad se ha convertido en una pseudoilusión, está sometida a un eclipse parcial. Somos semilibres porque determinados comportamientos nos acarrearán un efecto nocivo al apartarnos de la vereda diseñada fiscalmente por el Estado. Es repugnante.

Y lo peor es que la sociedad entra de lleno en el juego y le exige al Estado que rebaje los impuestos para unas cosas y los aumente para otras. El Estado, naturalmente, procura atender tales ruegos, encantado de que casi nadie cuestione el sistema en sí. Se alzan voces que piden una rebaja en el IVA de las entradas para el cine (porque el cine es cultura, y la cultura debe llevar un IVA más bajo), se levantan ciudadanas enfadadas porque las compresas menstruales tienen un impuesto equivalente al de otros productos farmacéuticos, en vez de llevar el gravamen de los productos de “primera necesidad”. Los vendedores de coches protestan con razón por los impuestos abusivos a la compra de un vehículo, pero los activistas por el medio ambiente piden que aún aumente ese impuesto... Miles de lobbies “cabildean” para bajar ciertos impuestos a los jóvenes o a los viejos, para subir los aranceles de un determinado sector o para equiparar fiscalmente un producto o servicio a otro, en función de las más dispares argumentaciones y los más variados intereses.

Este circo debe terminar. Los impuestos no son (no deberían ser) un arma de control social sino simplemente un mecanismo para aportar al Estado los fondos (escasos) que necesita para atender austeramente las cuatro o cinco tareas (no más) que sí le corresponden: mantener el orden, administrar la justicia (principalmente la penal, puesto que las demás son sustituibles por arbitrajes privados, al menos en primera instancia), establecer un fondo de solidaridad para emitir los bonos educativos y sanitarios de quienes no puedan pagarse un seguro privado, y poco (muy poco) más.

No es sólo que no queramos pagar impuestos (aunque también); es que no estamos dispuestos a tolerar que el señor ministro de economía y sus sesudos burócratas diseñen en sus cuadernos nuestras vidas. Frente a una fiscalidad abusiva y manipuladora, sólo nos queda la evasión, la ocultación de una parte de nuestro patrimonio, el uso de los paraísos fiscales para salvaguardar lo poco o mucho que poseamos. Contra lo que pueda parecer, es un acto de solidaridad con el resto de los ciudadanos, ya que contribuye a minar el Estado manipulador, y porque el dinero ocultado al poder fluirá libremente creando riqueza y oportunidades, en vez de engrosar la panza hambrienta de la Hacienda pública. El ciudadano-perro, harto, debe morder a Pavlov-Estado en la yugular, y la insumisión fiscal es un buen mordisco, ya que deja sin combustible a la odiosa maquinaria estatal.

Mónica Linares es periodista especializada en el área de Economía.
© Agencia digital Opinionpress.
Artículo activado el día 11 October 2005




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